Cuando un alojamiento cobra más de 100 euros por noche, esperas servicios y funcionalidad acorde: que la habitación tenga un armario, mesillas de noche... y que no haya que entrar al baño de perfil y metiendo la tripa. Eso sin contar con un aire acondicionado en condiciones y tener, en recepción, alguien a quien dirigirte si hay problemas. La sensación con la que te vas, después de pagar, es la misma que cuando pagas un café o un bocadillo en el aeropuerto: comercio cautivo.