Al llegar al hotel nos recibieron cordialmente, aunque la persona que llevó nuestro equipaje no mostró mucho entusiasmo. Preguntamos en el lobby por un restaurante y nos recomendaron el del mismo hotel en la azotea, con mirador, pero nos informaron que esa noche estaba lleno. Al día siguiente disfrutamos un desayuno excelente, con jóvenes meseros muy atentos y amables, lo que nos dejó una grata impresión.
Más tarde reservamos cena en el rooftop para la segunda noche, con la ilusión de tener una experiencia especial. Sin embargo, al llegar, la anfitriona nos recibió con una actitud poco acogedora y nos asignó una mesa sin vista. Nuestra mesera tampoco mostró interés: no recomendó bebidas ni explicó el menú, y la música estaba tan alta que apenas podíamos conversar. Notamos que varias mesas con vista quedaron vacías y tratamos de pedir cambiarnos, pero la anfitriona nos ignoró por completo. La situación se volvió tan incómoda que decidimos pedir la cuenta y retirarnos.
Nuestra estadía en Medellín fue maravillosa y el hotel, en general, cumplió. Pero lamentablemente, la experiencia más incómoda la vivimos en el restaurante del hotel, Cannario Rooftop. Como huéspedes, esperábamos un mejor trato y una atención más profesional.